miércoles, 18 de junio de 2014

El "fracking" y el derrumbe de los montes




No estaría mal tomar del latín sus términos 
sobre la destrucción del subsuelo 


No parece inocente que a una técnica inventada por los romanos hace 2.000 años la llamemos fracking. Esta palabra esconde otras posibles y enmascara el verdadero significado de lo que nombra. 

La acción referida por tal anglicismo consiste en fracturar el subsuelo inyectando agua y sustancias químicas para causar así la afloración de gas. Ese procedimiento cuenta con la oposición de los grupos ecologistas, temerosos de que se dañen los acuíferos y de que aumente la tensión en las fallas geológicas. 

¿Cómo lo llamaban los romanos? Ellos disponían de los verbos frango, diffringo y refringo (cuyos participios eran fractus, diffractus y refractus), que compartían en líneas generales los significados de “romper”, “despedazar”, “fraccionar”, “rasgar” y “forzar”. El origen más remoto de todos ellos lo imaginamos en el indoeuropeo bhreg, del que derivarán tanto broken en inglés como “brecha” en español y del que saldrá “fractura” (evidente familiar de “fragmento” y de “infringir”). De esta línea dinástica forma parte fracking. 

Sin embargo, aquella gente del siglo I prefirió designar esos trabajos mineros con unas expresiones más ligadas a sus consecuencias: arrugia (“galería”), voz prerromana de la que procede nuestro “arroyo” (Corominas y Pascual), y ruina montium (“derrumbe de los montes”; o “derrubio”: erosión mediante el agua). Su técnica consistía en embalsarla en lo alto de una montaña para que se despeñase de modo que irrumpiera por los surcos creados al efecto y arrancase la tierra a fin de generar pasillos en el subsuelo y extraer minerales. El procedimiento actual añade el uso de la química y medios más potentes; pero básicamente se trata de lo mismo. 

Algunos periodistas escriben ahora la palabra inglesa aunque enseguida deban aclarar que se refieren a una “fractura hidráulica”. En efecto, a fracking le falta la idea del agua, que se puede reflejar en español con un solo vocablo porque tenemos al alcance de la mano el elemento compositivo “hidro”, de origen griego, destinado a expresar fenómenos relacionados con el agua: hidromasaje, hidroavión, hidrofobia, hidratación...  

Y la acción de introducir algo a presión se llama “inyectar”, de donde obtenemos el sustantivo “inyección”. 

Por tanto, cualquier persona que hable español con cierta competencia sabrá entender qué significan “hidroinyección” o “hidrofractura” gracias a esos cromosomas de la palabra que se comprenden intuitivamente por analogía. 

Una versión más corta que “hidroinyección” (14 letras) o “hidrofractura” (13) y que se acercaría más al tamaño de fracking (ocho letras) la encontraríamos en los 11 signos de “hidrofisura”, o en los 10 de “hidrohiato” (que se quedan en ocho fonemas al descontar las dos haches). Este último término —tiene usted razón— sonaría demasiado a gramática, porque se llama “hiato” (que significa “hendidura”) al dúo de vocales juntas que se pronuncian separadas; como sucede, por ejemplo, en “corroído”. 

Lleva usted razón asimismo en que esas cuatro formas posibles en español (hidrofractura, hidroinyección, hidrofisura o hidrohiato) suenan demasiado técnicas. Pero los recursos de nuestro idioma no se agotan fácilmente, a diferencia de lo que algún día puede pasar con los combustibles. También tenemos en oferta términos más llanos. Puesto que el fracking consiste en procurar galerías y conductos en la tierra o en los montes, podemos hablar de una técnica “rompepiedras”, o “rompesuelos”, o “quiebrarrocas”. Será por palabras... 

Así que los periodistas y usted pueden elegir libremente en ese catálogo. 

Pero no terminan ahí las opciones. Tampoco estaría mal volver la vista hacia los romanos y recuperar del latín aquellos sustantivos precisos que se referían a la destrucción de las montañas y a la creación de vías de agua para socavar la tierra. Es decir, el derrubio, el derrumbe, la ruina. Eso también es el fracking.


Artículo de opinión escrito por: Alex Grijelmo
Publicado en: El País

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