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lunes, 30 de septiembre de 2013

La reforma energética no impide la escalada del déficit de tarifa


Fuente original: María Pachón EFE.

El déficit tarifario ha recuperado esta semana la actualidad del sector energético después de que el Gobierno haya reconocido que la deuda, que supera ya los 26.000 millones de euros, volverá a aumentar este año, sin despejar las razones y pese a las reformas emprendidas en el sector. 

En sentido estricto, el déficit de tarifa es el desfase que se produce porque los ingresos que obtiene el sistema eléctrico -mediante la aportación de todos los consumidores vía factura- no son suficientes para cubrir los costes regulados -transporte, distribución, primas a las renovables, ayudas al carbón y pagos por capacidad, entre otros-. 

Para atajarlo, el Gobierno aprobó en julio una reforma eléctrica para garantizar el equilibrio definitivo entre ingresos y gastos, mediante una serie de medidas y un mecanismo de corrección automática en caso de desvío, a partir del próximo año, que es cuando el paquete normativo entra en vigor. 

Paralelamente y de forma transitoria, para evitar que se genere déficit este año, el Gobierno diseñó tres mecanismos extraordinarios: una serie de impuestos a la generación eléctrica, destinar al sistema los ingresos por subastas de derechos de emisión de CO2 y un crédito de 2.200 millones por parte de los Presupuestos de este año. 

A esto se une, sobre el papel, la asunción, en los Presupuestos de 2014, de la mitad de los sobrecostes extrapeninsulares -una partida con la que se reparte entre todos los consumidores el precio adicional que tendrían que pagar por la electricidad en Canarias, Baleares, Ceuta y Melilla-; es decir, unos 950 millones de euros. 

A pesar de estas medidas, el ministro de Industria, José Manuel Soria, reconoció la pasada semana que este año se generaría un déficit tarifario de entre 2.500 y 3.000 millones. 

Expertos del sector aluden a varios "riesgos" para explicar ese desfase: el crédito de 2.200 millones continúa en trámite parlamentario, por lo que podría sufrir cambios; existe la posibilidad de que los Presupuestos no asuman los sobrecostes comprometidos y todavía no se ha definido el nuevo marco retributivo de las renovables ni, por tanto, los ahorros que supondrá. 

Además, los ingresos por CO2 llegan con retraso, lo que provoca desajustes. Ya en julio se reconoció que serían un tercio de lo inicialmente apuntado -150 millones en lugar de 450- dado que cotizan a la baja. 

Por último, no hay que olvidar que la demanda eléctrica suma un descenso del 3,2 % en los ocho primeros meses del año, frente al 0,2 % previsto para el conjunto del año, lo que se traduce en menores ingresos en concepto de peajes. El déficit tarifario es hoy una deuda de más de 26.000 millones de euros pero, ¿cómo ha alcanzado esta magnitud? 

El desequilibrio entre los ingresos y los gastos del sistema se produce desde el año 2000, cuando, por motivos coyunturales, la recaudación y los desembolsos no se ajustaron a las previsiones, de manera que las empresas eléctricas no cobraron todo lo que les correspondía por las actividades reguladas desempeñadas. 

Para acabar con esta inseguridad sin subir demasiado la tarifa, el Gobierno creó en 2002 un mecanismo por el que las empresas contabilizaban como derechos de cobro las posibles deficiencias de ingresos, para recuperarlo a lo largo de los quince años siguientes. 

Solución fallida 

Sin embargo, esta solución no funcionó como debía y el déficit coyuntural se convirtió en estructural y, además, creciente. 

Los costes experimentaron un enorme incremento -debido a la introducción de renovables, nuevas centrales de generación para atender la demanda, redes para electrificar barrios de reciente construcción, etc.- que no vino acompañada de subidas proporcionales en la tarifa. A esto se unió un nuevo coste, la propia financiación del déficit, a través de las denominadas anualidades -la devolución de una quinceava parte de la deuda de cada año y los intereses del resto-, que suponen más de 2.000 millones de euros anuales. 

Además, a partir de 2008, la caída del consumo consecuencia de la crisis económica mermó los ingresos por peajes. De esta manera, mientras los costes regulados crecieron un 230 % entre 2003 y 2012, las tarifas de acceso lo hicieron en un 82 %. En otras palabras, el desfase anual pasó de unos cientos de millones de euros a principios de la pasada década a los más de 5.000 millones de 2012. 

Ante esta situación, ya en 2010 comenzaron a tomarse las primeras medidas para controlar el déficit, tanto por el lado de los ingresos, con subidas de tarifas, como por el de los costes, con recortes a la retribución renovable. 

Además, se estableció un mecanismo para titulizar -colocar en el mercado con el aval del Estado- la multimillonaria deuda que se acumulaba en el balance de las eléctricas, al tiempo que se fijaron límites decrecientes de déficit que debían concluir con su desaparición en 2013. Estos límites nunca se cumplieron y, por ello, el actual Gobierno del PP emprendió una sucesión de reformas dirigidas a equilibrar las cuentas, fundamentalmente a través de recortes en la retribución de las actividades reguladas, culminada con la última normativa eléctrica del pasado julio. 

Tanto el Gobierno como las empresas coinciden en que los últimos cambios serán suficientes para acabar con el déficit de tarifa en 2014 pero, de momento, este continúa en aumento.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El agujero eléctrico se dispara hasta los 5500 millones en 2012

¿Es esta la solución al déficit de tarifario?


Fuente Europa Press y Expansión.

El déficit de tarifa provisional de 2012 asciende a 5.511 millones de euros, lo que supone un incremento del 28% con respecto a la estimación de 4.281 millones de euros de hace un mes, según consta en la decimotercera de las catorce liquidaciones mensuales que realiza en cada ejercicio la Comisión Nacional de la Energía (CNE).

El incremento en 1.230 millones en la estimación de déficit se debe a que el regulador ha incorporado al ejercicio 2012 los sobrecostes de la actividad extrapeninsular del año, cuyo montante de cerca de 1.600 millones, tal y como consta en la última orden de peajes eléctricos, el Gobierno no trasladó finalmente a los Presupuestos Generales del Estado (PGE). 
El Ministerio de Industria, Energía y Turismo calculaba en la memoria económica de esta orden que esta imputación de costes al ejercicio 2012 haría que el déficit de tarifa fuese de 5.101 millones. Para permitir este desfase, había levantado anteriormente el tope legal de 1.500 millones de deuda eléctrica del año. 
De esta forma, las últimas estimaciones de la CNE muestran que el déficit de tarifa de 2012 es 410 millones superior a lo previsto por Industria en la orden de tarifas, si bien el dato del regulador es aún provisional y no será definitivo hasta la liquidación del mes que viene. 
La cifra de 5.511 millones supera en un 60% a la del mismo momento del año anterior, así como en un 243% a la previsión que manejaba el regulador tras la revisión de las tarifas eléctricas de abril del año pasado. 
El aumento del déficit de tarifa se produce a pesar de que los ingresos del sistema eléctrico procedentes de las tarifas de acceso se sitúan en 14.592 millones de euros, un 15% más que los 12.645 millones del ejercicio anterior. 
Para contener la deuda eléctrica, el Gobierno adoptó varias medidas el año pasado, entre ellas la moratoria a las renovables, alzas de peajes y recortes en partidas como la distribución o los pagos por capacidad. En 2013, retiró los límites anteriores de deuda, puso en marcha los nuevos impuestos eléctricos y aplicó nuevos recortes a las renovables. 
La CNE calcula que las primas al régimen especial, que incluye renovables y cogeneración, ascienden en 2012 a un total de 8.585 millones, un 22% más que lo previsto a comienzos del ejercicio y un 22,9% más que en el año anterior. 

Costes e ingresos 

El sistema eléctrico ingresó 14.798 millones en 2012. Una vez descontado el dinero correspondiente a las primas y el relativo a la regularización de ejercicios anteriores, el sistema registra un diferencial positivo de 5.727 millones. 
No obstante, a este importe es necesario descontarle costes regulados a razón de 1.462 millones para el transporte y 4.604 millones para la distribución. Además, se han reconocido costes relacionados con las anualidades del fondo de la deuda eléctrica (FADE) de 1.257 millones. 
El sistema de interrumpibilidad, en el que el Gobierno prepara mejoras retributivas para amortiguar el efecto de la subida del coste energético para las grandes industrias, ocasionó un coste de 470 millones hasta diciembre.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Frenar el déficit de tarifa

Fuente de la Imagen ABC

La tarifa eléctrica es el resultado de la suma al 50% del precio de la energía, determinado por las subastas del mercado, y la denominada tarifa de acceso, que la fija el Ministerio de Industria de turno y está destinada a cubrir los costes de las actividades reguladas. Precisamente, como los ingresos que se recaudan con cargo a esas tarifas de acceso a través de las facturas no son suficientes para hacer frente a los costes de las actividades reguladas, se produce el famoso déficit de tarifa, una hipoteca de 24.000 millones que tenemos todos los consumidores.

jueves, 12 de julio de 2012

Las cuentas pendientes de la energía

Publicado en la sección de economía del diario "El País" por Santiago Carcar. 

La cirugía sin anestesia, de combate, que está practicando el Gobierno en la economía ha tocado hueso y se acerca al nervio. Tras la reforma financiera y la del mercado de trabajo, toca reformar el sistema energético. Es un asunto delicado en un país con un sistema solo nominalmente liberalizado, con una dependencia exterior brutal (80%) y un consumo de energía que es un 20% superior a la media europea por unidad de PIB. 

La reforma es crucial. No solo porque afecta a uno de los núcleos de poder e influencia más importantes del país, sino por la delicada situación que atraviesa, con una fuerte caída de la demanda de electricidad (2,1% en 2011, hasta el mismo nivel que 2006), un exceso evidente de potencia instalada (100.576 MW) y una fuerte competencia —forzada, según las empresas tradicionales— de las energías renovables, que el pasado año cubrieron el 33% de la demanda. 

Con todo, el gran problema a resolver se llama déficit tarifario, una deuda contraída —por todos— con las grandes compañías eléctricas, que supera los 24.000 millones de euros acumulados en poco más de una década y que nadie sabe muy bien cómo resolver sin conflictos. Esa deuda convierte a España en una excepción. Es “el único país del mundo en el que los clientes mantienen una deuda con el conjunto del sector eléctrico, que se acumula creciendo de forma crónica año a año”. La descripción es de la consultora PwC en su informe Diez temas candentes del sector eléctrico español para 2012

Pero hay que aclarar qué es el déficit tarifario. Y nadie mejor para contestar que la Comisión Nacional de la Energía (CNE): “Es la diferencia entre el coste real de la electricidad y el precio que los usuarios están pagando por ella”. Bien. Y ¿por qué se produce? “Hasta 2007”, explican los expertos de PwC, “porque la tarifa eléctrica vigente en esos años no recogía adecuadamente el coste de adquisición de la energía”. A partir de julio de 2008, por la diferencia entre los ingresos que se obtienen de los peajes que pagan los clientes y los costes reconocidos a las actividades reguladas del sector eléctrico (transporte, distribución y primas a las renovables, fundamentalmente). 

La dimensión del nudo que debe desatar el nuevo ministro de Industria, José Manuel Soria, se comprende mejor si se comparan los números. La deuda contraída y reconocida a las eléctricas es la mitad del saneamiento impuesto a la banca (52.000 millones de euros) y casi el doble de la deuda del sistema sanitario público (15.000 millones). En números redondos, casi un 3% del producto interior bruto español. 

Más como manifestación de voluntad que como medida efectiva, Soria aprobó a las pocas semanas de hacerse cargo del ministerio una moratoria temporal de las primas que reciben y que este año se situarán en 7.200 millones de euros. Pero la moratoria, que no afecta a los proyectos termosolares ya registrados, apenas supondrá un ahorro anual de 160 millones de euros. Una gota en el mar. Aunque sí lanza un mensaje claro: las cosas van a cambiar, y mientras cambian, la cartera estará más cerrada. 

Así pues, son dos los problemas inmediatos a resolver: el déficit de tarifa —que no deja de ser una factura aplazada a 15 años— y el desarrollo de las energías renovables. Los dos problemas están relacionados. Para las grandes compañías energéticas agrupadas en la asociación patronal Unesa, las renovables son la causa principal de la deuda que oprime el sector por una doble vía: reciben primas en una cuantía que no está justificada y se benefician de una regulación que expulsa del mercado a unas tecnologías tradicionales que, en cualquier caso, son necesarias para respaldar el funcionamiento de sistemas todavía inmaduros. 

Hasta el momento, Soria y su equipo para el área energética, dirigido por el exvicepresidente de la CNE, Fernando Martí, han encarado los problemas sin concretar medidas. “No nos ha recibido”, se quejaba esta misma semana el consejero delegado de una de las grandes compañías. Por parte de Soria, silencio y una idea repetida de varias formas y maneras allí donde ha habido ocasión: la solución a los problemas no recaerá solo sobre los consumidores. La idea no es original de Soria; el primero que la manejó fue el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en su discurso de investidura. 

Mientras Soria y Martí estudian cómo tratar la delicada y cara vajilla energética sin romper piezas, el ministro ha deslizado algunas líneas de lo que piensa aplicar: reformar el mercado gasista para evitar que se reproduzca la situación creada en el sector eléctrico; mantener las ayudas al carbón —un asunto que cuesta más de 500 millones al año y con evidente impacto político en las zonas mineras del país— y aprovechar al máximo todas las tecnologías de generación disponibles, lo que incluye las centrales nucleares y la anunciada renovación del permiso de funcionamiento de Garoña. 

Son pinceladas gruesas, aún por afinar, pero que han bastado para inquietar a las grandes compañías energéticas, que temen, con fundamento, que tras la moratoria “temporal” a las renovables, les haya llegado la hora del sacrificio. Si Economía (Luis de Guindos) logró imponer el gesto de recortar el salario de los banqueros apoyados con fondos públicos, no hay razón, admiten en el sector, para que el Ejecutivo no tenga otro gesto con fácil rédito de imagen al imponer supuestos sacrificios a las grandes empresas. 

Una puerta abierta a la quita 

El ministro Soria, sin despejar la incógnita, ha dejado la puerta abierta a lo que más temen los grandes empresarios del sector eléctrico: alguna forma de quita en la deuda reconocida a las empresas. Lo hizo, sin ir más lejos, la pasada semana en el transcurso de un almuerzo en el Foro Nueva Economía: “No se puede admitir que el déficit tarifario se convierta en un problema de déficit público”, argumentó. De alguna forma, sostiene el exconsejero de la CNE Jorge Fabra, ya lo es. Porque en su opinión, “el déficit tarifario a través de la titulización [colocación en los mercados con aval del Estado], compite con el Tesoro en la colocación de la deuda soberana”. 

Fabra considera que no puede haber quita en la deuda reconocida “porque ese dinero, incorporado al balance de las empresas, ya se ha repartido, entre otras cosas, en forma de dividendo”. Sí se puede actuar, asegura, en el proceso de colocación de la deuda, que debería, en su opinión, correr a cuenta de las empresas. En un sector tan especializado los números se examinan al céntimo para armar las críticas. Sobre el termosolar, los números caen de punta Fabra, como otras voces (Asociación de Grandes Consumidores, AEG; Protermosolar, de empresas con proyectos termosolares, o Unef), consideran necesario revisar la situación de las centrales nucleares e hidroeléctricas, bien para rebajar los precios a los que son retribuidas por generar electricidad, bien para soportar una tasa que contribuya a aliviar el déficit. Lógicamente, las empresas propietarias se oponen ferozmente con todo tipo de argumentos: niegan que las instalaciones estén amortizadas y destacan que son indispensables para garantizar el suministro. 

La cuestión es que, con el ajuste a la vista, cada cual defiende sus intereses lo mejor que puede y sabe. Iberdrola, Gas Natural Fenosa y Endesa, los grandes, apuntan sin disimulo a una tecnología, la termosolar (centrales que utilizan espejos durante el día para calentar fluidos, generar vapor y producir electricidad) como la principal responsable de los desequilibrios que amenazan al sistema en el futuro. El hecho de que en la moratoria para las renovables recién aprobada se haya respetado el plan de instalación de plantas termosolares preregistradas (2.525 megavatios) no ha hecho más que aumentar las críticas. “Nueva burbuja”; “una locura”; “un agujero imposible de financiar”. Las descalificaciones vuelan como cuchillos. 

Los destinatarios de tanta crítica son un puñado de empresas que acumulan 2.525 megavatios autorizados en preregistro. Se trata de Abengoa, ACS, Acciona, Grupo Solar Milenium, Samca, Elecnor y Torresol. Los tres primeros grupos controlan más del 50% de los megavatios autorizados. En el modelo ideal, con sobrecapacidad de generación y demanda a la baja, los precios deberían tender también al descenso. Y sin embargo, no es así En un sector tan especializado como el eléctrico, los números, para bien y para mal, se examinan al céntimo para armar las críticas. Y sobre el sector termosolar, los números caen de punta. Como chuzos. Según las cuentas que circulan por las grandes empresas, la termosolar es la más cara de las renovables (320 euros MWh) y tendrá un coste para el sistema de 2.000 millones de euros al año si se cumplen las previsiones y se instalan los 2,5 GW autorizados. Un coste que se extendería durante al menos 25 años. En 2011 las empresas cobraron en torno a 400 millones de euros y en 2012 la previsión apunta a 553 millones. 

Por supuesto, las empresas agrupadas en la asociación Protermosolar también manejan números. Favorables, faltaría más. Según las cuentas elaboradas por la consultora Deloitte, en 2020 los proyectos termosolares contribuirán al PIB con 3.516 millones al año, ahorrarán la importación de 140.692 toneladas equivalentes de petróleo (tep) y en 2015 su actividad habrá ahorrado la emisión a la atmósfera de 3,1 millones de toneladas de gases. 

Visiones absolutamente divergentes en un sector, el energético, que ha registrado un importante proceso especulativo con los huertos solares y que tiene poco que ver con lo que, en numerosas ocasiones, se ha publicitado para el sector eléctrico: una actividad teóricamente en competencia, liberalizada y moderna. 

Escasa competencia y fiscalidad elevada 

Aunque la teoría se quiebra. En el modelo ideal, con sobrecapacidad de generación —las centrales de ciclo combinado, que suman más de 25.000 megavatios, solo funcionan una cuarta parte de las horas posibles— y demanda a la baja, los precios deberían tender también al descenso. Y sin embargo, no es así. Las razones son múltiples. La escasa competencia y la fiscalidad de la electricidad explican en parte el problema. Hasta un 28% de la factura son impuestos. Y de los costes totales del sistema (en torno a 31.000 millones), más de un tercio tienen que ver con decisiones de política energética o lo que es lo mismo, con decisiones que toma el Gobierno de turno. Un error, como sucedió con la estimación del negocio solar fotovoltaico, o una decisión política arriesgada —contener artificialmente las tarifas eléctricas, como se hizo en 1998— puede hipotecar el futuro. 

Y luego toca enmendar errores. El consejero delegado de Gas Natural Fenosa, Rafael Villaseca, es uno de los representantes del sector eléctrico y gasista que ha solicitado “limpiar” la tarifa eléctrica de todo aquello que, estrictamente, no es electricidad. Desde el coste de mantener el sistema en Baleares y Canarias, los llamados extrapeninsulares, hasta las subvenciones al carbón, pasando por la llamada interrumpibilidad (descuentos a las grandes industrias por admitir restricciones de suministro en caso necesario), que suman, según sus números, 600 millones por año.

Pero en un contexto de crisis, el responsable de Industria lo tiene difícil para taponar agujeros sin soliviantar ánimos. Y no se trata solo de empresas. En el descontrol de los huertos solares, que en 2010 ya sobrepasaban en un 800% el objetivo fijado en 2005 para su desarrollo, además de la favorable retribución, tuvo mucho que ver la duplicidad de competencias entre el Estado central y las comunidades autónomas. Es algo a solucionar. Pendiente. 

Como pendiente está una apuesta decidida por el ahorro energético. Es una cuestión económica fundamental, mal resuelta hasta ahora y que ha hecho perder competitividad al conjunto de la economía. 

Y aunque con las dificultades económicas las cuestiones medioambientales parecen haber pasado a un segundo plano, no conviene perderlas de vista. Lo recuerda en sus documentos la Agencia Internacional de la Energía (AIE), que, para frenar el cambio climático, considera que el 60% de las medidas a adoptar deberían ser acciones relacionadas con la eficiencia energética; el 20% relacionadas con las energías renovables; en un 10%, con la energía nuclear, y en otro 10%, con el secuestro de carbono.

Política energética en tiempos de crisis

Sobran razones para recortar ya el exceso de retribuciones que siguen percibiendo las eléctricas.


Articulo de opinión publicado en "El País" por Martín Gallego Malaga,
 ingeniero de minas y economista, ha sido secretario general de la Energía.

En España, al encender la luz, cada día se pone en marcha un contador virtual que reconoce al suministro de las empresas eléctricas una retribución excesiva que no puede luego cobrarse aumentando unas tarifas que son de las más elevadas de Europa. Por ello, se va acumulando un déficit eléctrico, que podría llegar este año a 30.000 millones de euros, cuyos principales damnificados no son las cinco grandes empresas eléctricas, que pueden financiar y titulizar el déficit con el aval del Estado y hasta repartirlo como dividendo, sino los consumidores, que adquieren la obligación de pagarlo en los próximos 15 años.

No es de extrañar que la prioridad del Gobierno sea “atajar el déficit” y que a ello se dirijan sus primeras medidas, pero lo más importante es identificar correctamente los componentes a cambiar.

1. Revisar el contador del déficit. El déficit se genera porque hay un exceso de retribuciones reconocidas, tanto por el mercado de precios de la energía como por los ingresos regulados que adicionalmente reciben las centrales convencionales y la producción renovable, así como por la remuneración del transporte y la distribución.

Todas ellas son las causantes del déficit, por lo que este no puede achacarse básicamente al sobrecoste de las energías renovables como hacen las empresas eléctricas, ya que, desde que entró en vigor la Ley Eléctrica, las actividades liberalizadas también han recibido ingresos regulados en cuantía muy superior (1,6 veces) a las renovables.

Para reducir el déficit hay, por supuesto, que revisar muchas retribuciones reguladas, pero para atajarlo es imprescindible cuestionar también los ingresos reconocidos en función del precio de mercado. Entre estos, los de mayor cuantía, según el análisis riguroso efectuado por Economistas Frente a la Crisis, son los beneficios no justificados que están obteniendo las empresas desde 2005, por el elevado margen entre los precios de mercado percibidos por las hidráulicas y nucleares y sus únicos costes remanentes que son los variables. Ello constituye un claro ejemplo de beneficios inesperados causados por un cambio de regulación, con un valor estimado desde 2006 hasta 2011 de 16.000 millones de euros, sin que tenga ninguna consistencia el pretexto de sus propietarios de no haber completado su amortización, ya que solo indicaría que han dedicado los ingresos a otros fines.

Por tanto, dicha sobrerretribución, que debió haber sido eliminada en 2006, debe desaparecer ahora sin más dilación, pues no sería de recibo que, en la presente situación, las eléctricas fueran las únicas que no contribuyeran a la salida de la crisis. Ello no lesionaría su seguridad jurídica, al no alterar sus expectativas de ingresos cuando realizaron sus inversiones, y, en cambio, vela por la seguridad jurídica de los consumidores, que solo estaban obligados antes de la Ley Eléctrica de 1997 a retribuir las inversiones con un margen muy inferior al hoy obtenido por las eléctricas.

Al déficit contribuyen también los 3.396 millones de euros de Costes de Transición a la Competencia (CTC) que la Comisión Nacional de la Energía estima han cobrado en exceso las eléctricas, así como el procedimiento de titulización del déficit, que hay que cambiar para que su sobrecoste de 5.000 millones de euros no sea soportado por los consumidores, bien porque vuelva a ser responsabilidad de las empresas o, en caso de gestionarlo el Estado, paguen ellas los gastos de colocación y el descuento financiero por adelantar su cobro.

Además, hay que eliminar otros ingresos ocasionados por la forma de determinar algunos precios de mercado. Por ejemplo, regulando el precio ofertado por centrales con funcionamiento imprescindible, para impedir que lo hagan a precios abusivos (a veces, más de 1.000 euros/MWh) y también eliminando los sobreprecios que pagan los consumidores por la fijación de la Tarifa de Último Recurso.
En resumen: sobran razones para recortar ya, sin más dilaciones, el exceso de retribuciones que siguen percibiendo las eléctricas, utilizando transitoriamente técnicas jurídico-fiscales no recurribles, hasta establecer por ley una nueva regulación global.

2. Crisis y política energética. Las sobreinversiones sin sentido en diferentes sectores causantes de la actual situación económica —aeropuertos sin aviones, viviendas sin vecinos, bancos sin préstamos solventes— se han dado también en el sector energético —regasificadoras infrautilizadas o paradas, almacenamientos sin gas…—, en la generación eléctrica, que está liberalizada, sobre un tercio de la potencia instalada, lo que muestra el fracaso del actual mercado para asignar recursos eficientemente. 
Lo que ahora se requiere es no solo ajustar a corto plazo el déficit, sino visión estratégica para enmarcarlo en una política energética que salvaguarde la seguridad y sostenibilidad del suministro futuro y que tenga la ambición de apoyar la industrialización y el crecimiento en España. Hay que afrontar la desaparición del déficit eléctrico con el mismo vigor que el presupuestario y aprovechar que no hay que construir nuevas centrales térmicas para efectuar otras inversiones que hagan más eficiente el sector, a la vez que dinamicen y hagan más competitiva la economía española.

Entre esas inversiones, priorizaría tres: mejorar la eficiencia energética, promoviendo la rehabilitación de edificios y el almacenamiento de energía; reducir la dependencia del petróleo, sustituyéndolo por biocombustibles, electricidad y gas, y en tercer lugar, promover más eficientemente las energías renovables.

Merece la pena detenerse en estas últimas, que atraviesan tiempos de tribulación en los que algunas actuaciones, mal planteadas y peor resueltas, no deberían ofuscar la conveniencia de apoyar un sector que no solo presenta muchas externalidades y ventajas comparativas en España, sino que va a seguir creciendo en el ámbito mundial, donde Bloomberg New Energy Finance proyecta que la actual inversión en renovables de 150.000 millones en 2010 superarán los 350.000 millones en 2030, en que estarán instalado 1 millón de megavatios eólicos (equivalentes a 1.000 centrales nucleares) y 1 millón de megavatios solares.

¿Cómo podría plantearse en España este apoyo? Efectuando periódicamente convocatorias acotadas en su cuantía, que introduzcan competencia de proyectos mediante subastas adjudicadas no solo al menor precio, sino por su innovación tecnológica y planes de industrialización.

Este nuevo sistema, que permitiría dar continuidad a los agentes más competitivos, requiere un borrón y cuenta nueva para liberar derechos sin desarrollar otorgados territorialmente, o reservas de conexión a red y replantear algunos proyectos especialmente onerosos con una negociación que salvaguarde la debida seguridad jurídica.

Ese conjunto de inversiones prioritarias podría financiarse mediante exacciones que gravaran el alargamiento de vida de las nucleares, comenzando por Garoña, la regularización de las concesiones hidroeléctricas y las emisiones de combustibles y carburantes fósiles.

Con todo lo anterior se conseguiría aprovechar la experiencia y ventaja comparativa de nuestro país en energías renovables para ser un agente activo en su desarrollo, de forma que, cuando su coste de producir electricidad iguale al de las centrales térmicas, España disponga de tecnología propia, en vez de la habitualmente importada, y de una industria competitiva que contribuya al crecimiento y al empleo.

3. Hacia un nuevo sector energético. Conviene recordar el pronóstico del Jeque Yamani —“la edad de piedra no terminó por escasez de piedras, y la del petróleo terminará, pero no por falta de petróleo”— para visualizar un sector energético diferente cuando se instaure la edad de la electrificación con energías renovables. Hablamos de un horizonte de 20 años, para el que hay que empezar ya a tomar decisiones, que no deberían ser frenadas por las grandes empresas eléctricas, que tendrán que asumir un marco de mayor competencia, por la generación distribuida basada en renovables y la fusión de redes inteligentes con Internet. Esto hará posible que cada edificio produzca electricidad y la venda o la compre en cada momento según el precio de su mercado local. ¡Eso sí que son mercados útiles a los consumidores!

Ese mundo que asoma ya en California, Tejas, Florida… donde son inteligentes más de la mitad de los contadores instalados, contrasta con la situación de España, donde la relación de quién necesita una nueva acometida eléctrica es de vasallaje feudal con la distribuidora local, a la que tiene que construir la conexión hasta su centro de transformación y regalársela luego. Esto es consecuencia de la reintegración vertical de las grandes eléctricas, que generan y venden la energía a sus clientes utilizando la información privilegiada de su filial de distribución.

La desintegración vertical de las actividades de red, llevada a cabo en el transporte, debe completarse en la distribución, que, al ser un monopolio natural, es también una actividad regulada que tiene que ser desempeñada por operadores independientes de las productoras y comercializadoras.

Como conclusión: una distribución independiente puede facilitar el desarrollo de las renovables y la implantación de redes inteligentes que, junto con el recorte a la remuneración de la generación convencional, den lugar a un suministro eléctrico más eficiente y a una industria competitiva.